Hace ya un tiempo descubrí un libro muy interesante: “La ciudad de los niños” de Francesco Tonucci. En realidad el libro es un proyecto muy especial que se está llevando a cabo en una pequeña ciudad italiana y cuya esencia es que los niños puedan disfrutar de la vida en la ciudad como lo hacían antaño nuestros abuelos en los pueblos. Quiero copiar literalmente algunas partes del libro para hacernos reflexionar:

“Antes nos daba miedo el bosque. Era el bosque del lobo, de la bruja, de la oscuridad. Cuando los abuelos nos explicaban cuentos, el bosque era el lugar donde se escondían seres malévolos y donde había trampas y angustias. Cuando un personaje se adentraba en el bosque, ya empezábamos a horrorizarnos, seguros entre las casas, en medio de la ciudad, en el barrio. Era el lugar donde nos reuníamos con los compañeros, donde nos encontrábamos para jugar juntos. Teníamos nuestro espacio, los escondrijos, los rincones donde organizábamos nuestro grupo, donde jugábamos a padres y madres, donde enterrábamos el tesoro, donde construíamos los juguetes, según las habilidades y los modelos copiados de los adultos, aprovechando los recursos que nos proporcionaba el entorno. Era nuestro mundo. “En unas cuantas décadas, sin embargo, todo ha cambiado. Se ha producido una transformación formidable, impetuosa, total, como nunca se había visto en nuestra sociedad. Por una parte, la ciudad ha perdido sus características, se ha vuelto insegura y sospechosa; por otra parte, han aparecido los verdes, los ambientalistas, los animalistas, predicando el retorno a la naturaleza, al bosque. De repente, el bosque se ha vuelto bonito, luminoso, objeto de sueños y de deseo; la ciudad, en cambio, se ha convertido en un lugar feo, gris, agresivo, peligroso y monstruoso.”

“La ciudad ha renunciado a ser un lugar de encuentro y de intercambio y ha optado por la separación y la especialización como nuevos criterios de desarrollo. La separación y la especialización de los espacios y de las competencias: lugares diferentes para personas diferentes, lugares diferentes para funciones diferentes. El centro histórico, para los bancos, las tiendas de lujo y los locales de recreo; la periferia, para dormir. Y también los lugares para los niños: las guarderías infantiles, los parques para jugar y la ludoteca; los lugares para los viejos: las residencias geriátricas y los hogares para ancianos; los lugares donde se adquieren conocimientos, desde el jardín de infancia hasta la universidad; los lugares especializados para hacer las compras: el supermercado y el centro comercial.”

Pero como la separación –explica Tonucci– “produce incomodidad y malestar, deja cicatrices en las historias personales de los ciudadanos, los aleja de las cosas que aprecian, dificulta la comunicación, las relaciones y la solidaridad “Los servicios públicos se han convertido en el símbolo y la prueba de la buena administración: ‘¿No tienes más remedio que vivir lejos del centro, lejos del trabajo, lejos de los lugares de diversión y de cultura? No te preocupes, pongo a tu disposición medios de transporte cada vez más rápidos y eficaces. ¿No sabes qué hacer con tus hijos? ¿No tienes tiempo ni posibilidades de educarlos? No te preocupes, te abriré jardines de infancia, centros recreativos, ludotecas…; ¿No sabes cómo arreglártelas para ocuparte de los abuelos en tu piso minúsculo, en el duodécimo piso, con unos horarios de trabajo tan cargados? No te preocupes, te ofrezco hogares para ancianos, viajes y vacaciones para la tercera edad, y residencias geriátricas.’ (…) La ciudad ya se da por perdida y los servicios, los mejores servicios, hacen que sea soportable, pero sin la esperanza de hacerla cambiar.”

Pero en el caso de los niños, el problema de los servicios públicos supuestamente dirigidos a ellos es que, en realidad, no son para ellos sino para los adultos. Y aquí Tonucci pone un ejemplo muy interesante, el de los parques infantiles:

“Si le quitamos [al niño] el pequeño espacio que tiene para jugar delante de casa y se lo volvemos a dar, aunque sea multiplicado por cien y mucho más bonito, a un kilómetro de distancia (según la lógica de la separación y de la especialización), lo que habremos hecho es quitarlo, y punto. Al parque, si está lejos, no podrá ir a solas, hará falta que lo acompañe algún adulto y, por lo tanto, se tendrá que adaptar a los horarios de este adulto; además, no lo dejarán ir si no se cambia de ropa, porque con la que lleva puesta da vergüenza que vaya por la calle, y si se cambia de ropa, pobre de él si se ensucia; y si no se puede ensuciar, no podrá jugar. La persona que lo acompañe lo tendrá que esperar, y mientras lo espera, lo vigilará, y bajo vigilancia no se puede jugar. “Las áreas de juego de los parques son un ejemplo clarísimo para demostrar que los servicios están pensados por los adultos y para los adultos, y no para los niños, aunque, oficialmente, los pequeños sean los destinatarios. “Otro aspecto preocupante del tema es que son los adultos los que dicen a los niños a qué tienen que jugar y cómo tienen que utilizar estos espacios. Las instalaciones están pensadas para actividades repetitivas y poco motivadoras: columpiarse, deslizarse o girar; como si un niño fuera un hámster y no un explorador, un investigador o un inventor.”

Una vez hecha la denuncia, Tonucci plantea las soluciones:
“La ciudad, carente de solidaridad y poco acogedora, se ha vuelto hostil para sus habitantes. Irremisiblemente, se ha apoderado de ella el coche, que crea peligro, produce contaminación acústica y ambiental, emite vibraciones y ocupa el suelo público. Las calles son inseguras, pero no tenemos más remedio que vivir en esta ciudad, y los ciudadanos, especialmente los que tienen hijos, sienten cada vez más la necesidad perentoria de encontrar una solución.”

Así pues, Tonucci explica dos soluciones: la indeseable (que es la que se ha impuesto) y la deseable. La primera es la solución individual de la defensa:
“En primer lugar se plantea la defensa. La casa es una especie de refugio antiatómico: fuera, el peligro, los malhechores, la circulación, las drogas, la violencia, el bosque lóbrego y amenazador; dentro, la protección, la autonomía, la tranquilidad, la casita segura de los tres cerditos o, si lo preferís, el castillo medieval rodeado de murallas y con el puente levadizo levantado. (…) Se enseña a los niños que no tienen que abrir a nadie, que no tienen que hacer caso de nadie que los pare por la calle, que no tienen que aceptar nada de nadie. “Defenderse, resolver cada uno sus problemas, encerrarse en casa, quiere decir abandonar la ciudad. La ciudad abandonada se vuelve todavía más peligrosa, agresiva, inhumana. Entonces tenemos que reforzar los mecanismos y las actitudes de defensa, con lo que extremamos el aislamiento y el abandono y, como consecuencia, hacemos que crezca la inseguridad. Y entramos de esta manera en un círculo vicioso y sin futuro.”

La segunda alternativa es la solución social de la participación:
“Hay otro camino, otra solución opuesta a la de la defensa. Es la que se rebela contra la resignación. (…) La que considera que no se trata de un problema individual y personal, sino social y político. Es la solución que pide un cambio de tendencia, que sea la ciudad la que cambie; la de los que no quieren volver atrás, la de aquellos que quieren avanzar de una manera diferente, de una manera nueva, congruente con la complejidad y la riqueza del mundo de hoy, pero sin renunciar a la sociabilidad, a la solidaridad ni a la felicidad.”

Y en el núcleo de este cambio de tendencia que pide Tonucci está el niño. Porque hasta ahora la ciudad ha sido pensada y construida a la medida del adulto.
“Se trata de conseguir que la Administración ponga los ojos a la altura de los niños, para no perder de vista a nadie. “Se trata de aceptar la diversidad intrínseca del niño como garantía de toda la diversidad. (…) “Quien sea capaz de tener en cuenta las necesidades y los deseos de los niños, no tendrá ningún problema para saber tener en cuenta también las necesidades de los viejos, de los minusválidos y de los inmigrantes. (…)
Hay que imaginarse que, cuando la ciudad esté más adaptada a los niños, estará también más adaptada a todo el mundo.”

La vida saludable del individuo no sólo se basa en una buena alimentación, en la práctica del ejercicio o en la ausencia de enfermedad, la vida saludable abarca las relaciones con los demás y especialmente con los más cercanos: con la familia, el esposo, la esposa y nuestros hijos. Si rompemos este núcleo… se rompe la sociedad…y la ciudad deja de ser un buen lugar para los niños…y para todos. Este proyecto de Tonucci es maravilloso, pero Dios ya ideó un proyecto aún mejor para el hogar y nuestros hijos ¿quieres saber cual? Mira aquí.

Fuente: Pedagogía del ocio (Jaume Trilla y Pere Soler), tema 4

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